
El 15 de marzo, previa autorización, entramos en el albergue La Sagrada Familia por la puerta de atrás que es la única. Extrañadamente, entre las primeras personas que nos recibió, estaba un estudiante de doctorado norteamericano que lleva meses trabajando como voluntario en diferentes albergues. Ese día no había mucha gente de paso en el albergue, sólo 3 hombres al inicio, y más tarde vimos a una pareja con un niño de 7 años.
Después de platicar un poco, queda evidente que no sólo el sueño americano atrae a los centroamericanos. La necesidad o urgencia de salir del territorio de las maras u otros grupos violentos está muy presente. En el sur del país, no les fue bien a los que conocimos. Invariablemente fueron despojados de sus pertenencias. Más arriba, no tienen muy claro a dónde van, o cuando lo tienen, sus razones nos sorprenden: quieren evitar ciertos lugares de paso más propensos a secuestros y prefieren largas caminadas en el desierto o buscan lugares en los que puedan trabajar y juntar dinero para prepararse para cruzar.
A media mañana, emprendimos una lijada colectiva de algunas literas del dormitorio. Se van sumando las pláticas y empezamos a percibir mejor el lugar. Nos damos cuenta que el albergue trabaja en condiciones de mucha austeridad, con poca infraestructura, pocos materiales que siempre se acaban rápidamente y con mucha necesidad en la ruta hacia el norte.